LOS SUEÑOS IMPERIALES
SON PARECIDOS
La mole de Ceaucescu |
El gigantesco palacio concebido por el dictador rumano, actual sede del Parlamento, se ha convertido en el símbolo no querido de Bucarest
ESTEBAN VILLAREJO
En su haber tiene el privilegio de ostentar la denominación de «segundo edificio más grande del mundo tras el Pentágono, y el primero de Europa». Para su construcción fue precisa la demolición de más de 7.000 viviendas, doce iglesias, tres monasterios y dos sinagogas que habían quedado dañadas tras un terremoto. Para hacer realidad el último delirio megalómano del dictador comunista se contrató a 20.000 albañiles, 1.000 ingenieros y 1.500 arquitectos, veinticuatro horas al día durante cinco años. El propósito: «Mostrar mi poder», palabra de Nicolae Ceaucescu. «No se puede entender a Bucarest -ni a Rumanía en general- sin esta visita», así presenta Andra, una de las guías oficiales, la que es visita obligada a realizar en la capital rumana: el Palacio del Parlamento. Construido para albergar la sede del Partido Comunista Rumano, la mole faraónica de Bucarest es una de esas paradas que destapan los rocambolescos (y macabros) destinos que el invento ideológico de Marx y Lenin pudo hallar en la praxis -monstruos del estilo del Muro de Berlín, la sede del KGB en Moscú, el complejo gubernamental de Pyongyang o la Cuba del realismo-socialista. El interior del edificio es digno de zares, césares o «sisís emperatrices», pero su exterior es gélido, inhumano y triste: metáfora del comunismo, que cambia de aspecto según el lado de la nomenklatura en el que uno se encuentre. La que iba a denominarse Casa del Pueblo está enclavada en una colina artifical que se asoma al bulevar de la Unidad (Unirii), una de las arterias principales de la capital rumana, una ciudad en construcción que busca un sitio en la Europa de los 27. En una superficie construida de 365.000 metros cuadrados -casi triplica la del Palacio Real de Madrid- el Palacio de Bucarest alberga ahora, paradójicamente, las instituciones de un país democrático: las Cámaras alta y baja del Parlamento rumano y el Tribunal Constitucional, lo que en su día ya causó considerable polémica. También se puede visitar en su interior el Museo Nacional de Arte Moderno y un sinfín de salas de conferencias, laberínticos pasillos y estancias que provocan la advertencia de la guía: «Síganme en todo momento o se perderán. Quien quiera contemplar durante un minuto cada una de las 5.100 habitaciones necesitaría tres días y medio». Nuestra visita, no obstante, se limitará a 45 minutos. Edificado con materiales exclusivamente rumanos, los constructores emplearon maderas nobles de nogal, roble y cerezo, mármoles de Carrara, Ruschita y Moneasa (a mediados de los ochenta era imposible enterrar a los muertos con lápidas de dicho material), paredes de seda, cortinas con bordados de oro, suelos alfombrados, lámparas de araña, aluminio y bronce y más de 2.800 candelabros de hasta de dos metros de altura. «Todo ello en unos años en los que las colas se hacían eternas en las calles rumanas para conseguir un poco de mantequilla». Las colosales medidas del edificio se extienden a lo largo de 84 metros de altura -doce plantas- y 25 de profundidad (seis sótanos a prueba de ataque nuclear), puertas de cinco toneladas, columnas y capiteles de estilo corintio... Durante la visita, que no incluye las estancias del Parlamento (el edificio es tan grande que pasa inadvertido), apenas se ven unos pocos funcionarios en su interior. La sensación es de vacío. El Palatul Parlamentulu fue pergeñado por una mujer, Anca Petrescu, arquitecto jefe de la obra y hoy diputada del partido Romania Mare (Rumanía Grande, de signo nacional-populista). «Se trata de un edificio que no está aún terminado», advierte Andra, la guía, quien explica que «muy pocos rumanos visitan este edificio, la mayoría de los turistas son extranjeros curiosos por el pasado comunista y el porqué de este megalómano edificio que aparece en el Libro de los Record Guinness». Aunque lejos de la controversia de principio de los noventa, cuando el Gobierno se planteó derribar la locura de Ceaucescu (el multimillonario estadounidense Donald Trump quiso comprarlo para abrir aquí un megacasino), los ciudadanos siguen polemizando sobre los designios de un edificio que causa admiración y repudio por igual, como se observa en el libro de visitas. Eso sí, el nombre de sus salas está dedicado a políticos y personajes históricos del siglo XIX o granes ideales, como los Derechos Humanos. Las banderas de Rumanía, la OTAN y la UE certifican que, definitivamente, hoy corren otros vientos. «Aunque fue una obra megalómana, después de todo es el edificio más grande de Europa. ¿Por qué los turistas preguntan tantas veces qué pensamos los rumanos sobre este sitio?», comenta Andra, orgullosa, «al fin y al cabo», de la obra arquitectónica. En nuestro recorrido por el Palacio nos acompañan abuelo y nieto rumanos. El mayor no puede dejar de admirar, boquiabierto, aquella obra «que nos tuvo bajo una inmensa nube de polvo durante años». ¿Le parece bonito? «Sí, sí. Es enorme», contesta. Ceaucescu nunca llegó habitar su particular Versalles. Dicen que el antiguo barrio de estrechos callejones del siglo XIX, que se asentaba en los alrededores del ahora denominado bulevar de la Libertad, se cobró su venganza cuando en la Navidad de 1989, con la construcción de la mole al 90 por ciento, el dictador fue ejecutado junto a su esposa, Elena. A la salida, junto a unas vetustas cabinas telefónicas, en la tienda de souvenirs se puede comprar mosaicos ortodoxos o monedas conmemorativas del Papa Juan Pablo II. Una muestra más de que todo poder es efímero. «Mi poder».
¿Dígame doctor,Ud. no vió como la casa de gobierno se había transformado en un crematorio de políticos?
¡ Pensar que creía que
el enfermo tenía cura !
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