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27.2.12

Policía en connivencia con el delito, medicamentos adulterados, desarticulación de organismos de control que otorgan impunidad para delitos públicos y privados, impunidad de funcionarios absueltos a pesar de las evidencias, empresarios que montan negocios, sin conocimientos, a la medida de un Estado corrupto; la lista es interminable.







Prisma

Un sistema que devora a sus hijos


La negligencia es un animal dormido a la espera de que alguien pase por su lado, al azar, para abrir sus fauces. En esas fauces vienen cayendo personas de carne y hueso en la Argentina desde hace tiempo. Es innecesario recordar los ejemplos. El descuido y el abandono que nuestra sociedad genera a borbotones se paga con la moneda más preciada: la vida de nuestros habitantes. Pero la negligencia se convierte en algo criminal cuando el Estado no controla a los proveedores de servicios públicos, a pesar de dotarlos de subsidios millonarios para su operación. La ineptitud y el desinterés por lo público se adicionan a esta negligencia, y en conjunto liberan una sustancia radiactiva que se cobra víctimas aleatorias entre los ciudadanos, a corto, mediano y largo plazo. Pequeños y grandes actos de corrupción van creando un entorno sumamente peligroso, una sociedad construida con cimientos horadados, a la que periódicamente se le derrumba algo.
Policía en connivencia con el delito, medicamentos adulterados, desarticulación de organismos de control que otorgan impunidad para delitos públicos y privados, impunidad de funcionarios absueltos a pesar de las evidencias, empresarios que montan negocios, sin conocimientos, a la medida de un Estado corrupto; la lista es interminable. Estamos en un vale todo de características exponenciales. Cosa que nos convierte en una sociedad de costos y riesgos aleatorios, que caen súbitamente sobre la cabeza de cualquiera. Son costos que quedan flotando en el aire colectivo hasta que alguien los paga todos juntos. Si un empresario les saca el cuerpo a las inversiones, y un Estado les saca el cuerpo a los controles, el resultado de este juego letal es que otros 700 cuerpos pagan el costo, muchos de ellos con su vida.
A esto hay que agregar las reacciones posteriores. Las explicaciones iniciales que dio Schiavi, sin permitir que se le hagan preguntas, son un ejemplo de la impunidad que sólo en la Argentina se le permite a un funcionario público. Y es un ejemplo de que en este país nunca nadie pide perdón, sean 50 los muertos, sean 650 los heridos. A la fatalidad propia de la vida, que trae su propia necesidad escondida entre sus pliegues, hay que agregar la fatalidad de segundo grado que es vivir en la Argentina. Porque ésta es una metáfora del país: un tren que rueda y rueda, con una infraestructura institucional y política derruida, sin mantenimiento y sin inversión, comiéndose su capital e infraestructura, con los maquinistas más preocupados por mantener el mando y aprovechar las oportunidades de negocios que por conducir el país a un desarrollo de largo plazo. Es así desde hace décadas. Tal vez sea necesario preguntar cómo colaboramos los ciudadanos, ciega y secretamente, con este sistema que devora a sus hijos. Mientras esta pregunta no sea contestada, es posible que no haya una modificación para este extraño destino colectivo..

 LA NACION

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