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26.2.12




¿Que me cuentan compañeros kisneristas?

Criticamos al Alberto,pero al vice presidente no....¿Como es la cosa?
Según el Cristal con que se mire

                                 Este también factura...

No controlar es delito

Por Luis Gregorich | el de la Revista Humor,no un "contreras"....


Todo tiempo pasado fue mejor, dice uno de los proverbios más viejos y más estúpidos, con el que pretendemos crear una coartada para nuestros achaques y nuestra incomprensión del presente. Desgraciadamente, en lo que se refiere a los ferrocarriles argentinos, el desastre de Once acaba de convertir al desafortunado proverbio en certidumbre absoluta.
Doy mi testimonio como cotidiano ex pasajero de la línea Sarmiento, en la que se produjo el trágico accidente. En la década de 1960, era un muchacho que se ganaba la vida trabajando en el mundo editorial. Las tres o cuatro empresas en que me desempeñé sucesivamente estaban situadas en el centro o microcentro porteño. De tal modo, mi viaje en tren de Morón a Once (aclaremos que en las "horas pico") era una escala intermedia entre el colectivo que tomaba a unas cuadras de mi casa y el subterráneo que me dejaba, por fin, cerca de mi trabajo. En total, una hora y media o, con suerte, un poco menos.
Pero no puedo decir que viajara mal. En realidad, el viaje en tren era el más confortable de los tres. Es cierto que las formaciones que venían de Moreno solían estar casi repletas y ni podía pensar en conseguir asiento. Sin embargo, quedaba el recurso de esperar el tren que arrancaba desde Castelar, una sola estación antes de Morón, y allí sí conseguía, a veces, viajar sentado.
No recuerdo haber visto a gente colgando de las puertas de los vagones, con peligro de su vida. A lo largo de una década como pasajero presencié sólo unos pocos episodios delictivos, protagonizados por carteristas. Muy excepcionalmente recuerdo a chicos pidiendo limosna. Y debo decir, a riesgo de caer en las idealizaciones del proverbio citado, que siempre había quien les diera su asiento a las embarazadas y a los ancianos.
No voy a exagerar la eficiencia y puntualidad del servicio; podría decir, con buenos argumentos, que eran moderadamente aceptables. Los vagones no estaban sucios y el mantenimiento se notaba, aun sin brillar. El precio de los boletos era barato, pero no regalado, y el abono mensual lo hacía más interesante.
Desde las más elevadas esferas del gobierno nacional se viene insistiendo en que el período en que vivimos es el de más alto crecimiento económico de toda la historia argentina. No será, en todo caso, el de más alto ejercicio de la verdad por parte de sus gobernantes. ¿Cómo explicar, si no, incluso antes de que ocurriera la tragedia de Once, que miles y miles de ciudadanos viajaran -estén viajando- en los trenes metropolitanos mucho peor, de modo infrahumano, arracimados en mugrientos vagones en donde hay que cuidar, no sólo relojes y celulares, sino también la integridad física?
Las respuestas y justificaciones suelen ser obvias y no justifican nada. Que el incremento demográfico en el Gran Buenos Aires empuja a cada vez más gente hacia las oportunidades laborales de la Ciudad Autónoma. Que la falta de creación de nuevos polos de desarrollo, más allá de la avenida General Paz, causa el mismo efecto. Que no se pueden exigir servicios premium con el miserable precio de los boletos que se paga. Y en cuanto a los subsidios que el Gobierno entrega a las empresas concesionarias para mantener el precio bajo, ya se sabe, sólo sirven para alimentar la corrupción: muy pocas veces, para mejorar el mantenimiento de los trenes y realizar las inversiones necesarias.
El tendido de la red ferroviaria, en su momento la mayor de América latina, se convirtió en uno de los ejes del proyecto de la república liberal de la segunda mitad del siglo XIX. Es cierto que por un lado expresaba una fuerte voluntad exportadora al unir a los centros de producción agroganadera con el puerto de Buenos Aires, pero por el otro, y al mismo tiempo, marcaba con un sello civilizador a los pueblos que se iban afincando al costado de sus vías. La privatización de los ferrocarriles, iniciada en 1989, no se sustentó en ningún proyecto de largo plazo, sino que se limitó a devastar lo existente, generando poblaciones fantasma y liquidación de tramos que se consideraron antieconómicos. Los faraónicos planes como el del "tren bala" quedaron anclados en espectaculares anuncios, sin seriedad ni efectos posteriores.
Como viejo usuario de una línea de trenes que en su momento me otorgó seguridad y confianza, y como simple ciudadano, no como técnico en materia de transportes (que no soy), quiero dejar sentados aquí mi aplauso y, sobre todo, mi protesta ante la tragedia de Once. Mi aplauso, para todos los cuerpos de emergencia y auxilio, nacionales y de la Ciudad Autónoma, y muy especialmente para la notable movilización y eficiencia del SAME. Todos trabajaron con dedicación extraordinaria. Y mi protesta frente a la hipocresía y descaro de los altos funcionarios del gobierno nacional que declinaron toda responsabilidad, que convocaron a conferencias de prensa que no eran tales, y que hasta se atrevieron a presentarse como querellantes. Se olvidaron de una sentencia que los marca a fuego: no controlar es delito.
© La Nacion

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